
Los videojuegos son un medio de expresión. No es un medio como el lenguaje escrito ni es un medio como el lenguaje audiovisual, pero es, como éstos, un medio de comunicación. Y como tal debería ser amparado completamente por la libertad de expresión. Videojuegos como Ico, Rez, Katamari, Okami, incluso el Super Mario Bros, son perfectamente considerables como obras de arte, y de hecho los franceses ya lo hacen. El Gran Turismo o el Flight Simulator, sin embargo, no son arte: son simuladores que intentan acercarse lo máximo a la realidad. Puzzles como el tetris, videojuegos de ajedrez o de Risk tampoco son arte, son juegos en estado puro. Los videojuegos son un medio que sirve para muchos propósitos, y la expresión y experimentación artística es una de ellas. Otras pueden ser la simulación, la educación o el entrenamiento mental. Las posibilidades de este medio son casi infinitas, y muchas de las posibilidades, muchos géneros, están relacionadas con la comunicación o con la expresión artística, y otros con historias o contextos basados en el mundo real o en mundos de ficción. Algunos contextos o historias que forman parte de ciertos géneros de videojuegos se basan en el humor y otros en la violencia o el sexo.
El cine se considera ya oficialmente un arte, denominación que en los videojuegos todavía se debate. Pero con el cine pasa exactamente lo mismo: las películas de autor son claramente arte, mientras que una película de Disney, American Pie 17 o Pesadilla en Elm Street 14 no son arte: son meros productos de entretenimiento, como lo son la mayoría de los videojuegos. Las películas de Michael Moore son documentales: tampoco son arte aunquen esté en formato de largometrajes. La literatura se considera también arte por lo general, pero El Codigo Da Vinci o novelas peores entran dudosamente en esa categoría, y por supuesto libros de texto, ensayos o artículos utilizan el mismo medio que la literatura (el lenguaje escrito) sin ser considerado arte. La cuestión no es qué es arte y qué no, porque es un debate abierto desde hace siglos y que se trae al tintero cada vez que nace un nuevo medio. La cuestión fundamental es por qué ha de haber censura en los videojuegos, si no la hay en otros medios que, siendo arte o no, publicándose obras de autor o productos de entretenimiento, son amparados por el derecho a la libertad de expresión sin ningún tipo de peros.
Buena parte de los videojuegos tienen en común con literatura y cine una serie de características o elementos comunes: una historia, unos personajes, una ambientación, una temática. Y esta temática puede contener violencia o sexo. Sin embargo los videojuegos, a diferencia del cine o la literatura, cuando tienen una temática violenta o sexual, se ponen en el punto de mira legal, llegándose a prohibir en países democráticos como Alemania. Un amante del gore verá en la película “Braindead” de Peter Jackson una obra de arte. Un amante del suspense podrá disfrutar con libros de psicópatas con mucha sangre y violencia. De igual modo, una persona puede perfectamente disfrutar también con videojuegos violentos como el Manhunt 2, que tanto debate está dando hoy en día, sin que esa persona sea un psicópata en potencia. ¿Es más real un videojuego que una película? Sí, del mismo modo que una película es más real que un libro. Pero la cuestión es que es ficción. Ficción interactiva, pero ficción. Y la violencia en la ficción cinematográfica es algo perfectamente legal: las películas gore son legales. Los libros de psicópatas con todo lujo de detalles también son legales. Con el sexo pasa tres cuartos de lo mismo: el porno es legal. Los relatos eróticos son legales. Que esas temáticas se den en los videojuegos en vez de en otros medios, y que por haber interactividad tengamos un grado más de realismo, sin salir nunca de la ficción, no debería cambiar en absoluto el derecho a la libertad de expresión. Los límites en la libertad de expresión deberían ser los mismos en todos los medios: por ejemplo, la pornografía infantil es ilegal en la industria pornográfica, entonces también en los videojuegos debe serlo. Pero si el sexo explícito o la violencia extrema, o el tener protagonistas psicópatas es válido en otros medios, debería serlo igualmente en los videojuegos.
La única manera de acabar con tanta demagogia en torno a los videojuegos es poner un límite serio. Y el límite, evidentemente, no se debe poner en los videojuegos, sino al acceso a los mismos. Si no queremos que los niños accedan a los videojuegos violentos o con contenido sexual, que la ley prohiba a los niños comprar juegos que no pueden jugar. Y que los periodistas sensacionalistas o las feministas radicales se ahorren la censura como solución, porque es algo que está fuera de lugar en un Estado de Derecho. Yo quiero que las distribuidoras me traten como a un adulto, y al parecer, eso no basta con la regulación PEGI. Que no vale para nada, que no es tajante, que es orientativa. Y este artículo trata esencialmente de eso, de decirlo abiertamente: la regulación PEGI no basta, es parte del problema. No basta porque aunque existe desde hace años, se sigue debatiendo el asunto como si no estuviese ahí. No basta porque la industria se sigue autocensurando en los momentos críticos. Y, sobre todo, no basta porque una práctica común es que los niños se compren la Hobby Consolas, y vean que juegos violentos como el GTA tienen una puntuación de 98% y entonces lo quieren y lo piden y lo desean, y los padres empanados se lo acaban comprando sin tener ni la más mínima idea de qué va el juego. No nos engañemos, eso pasa. Y eso es precisamente la única pizca de razón que tienen los detractores al reclamar la censura en los videojuegos. Pues bien: extirpémosla. Quitémosle esa pizca de razón a los ignorantes que creen que los videojuegos son para niños, dejémosnos de PEGIs orientativos y que se exija la mayoría de edad para jugar a los juegos para adultos.
La demagogia de los Jack Thompsons y Matias Prats en torno a la violencia de los juegos, y las gentes ignorantes que les creen, se basan en el prejuicio de que los juegos son para niños. Las estadísticas, sin embargo, dicen que el jugador medio es más que adulto, y el mercado de juegos adultos es el mayoritario. Y esto no es nada nuevo. Ahora bien, si poner un 18 en la caja no les parece suficiente a estos señores censuradores, que se pongan leyes para que la mayoría de edad sea obligatoria y no orientativa. La censura, desde luego, sea desde arriba o desde dentro de la industria por miedo, no es la solución a nada: la violencia del mundo real no deja de existir porque se prohiban los videojuegos violentos. Si no se quiere que los menores beban, se pide el carnet para comprar alcohol. Si no quieren que los menores conduzcan, se pone límite de edad para conducir. Si no quieren que los niños compren porno, piden carnet en los sex-shops. Si no quieren que los niños compren tabaco, se ponen hasta mecanismos en las máquinas de los bares. Ni se prohibe el alcohol, ni se prohiben los coches, ni se prohibe el porno, ni se prohibe el tabaco. Pues es evidente: si no quieren que los niños compren juegos violentos, que se les impida hacerlo. Que los padres, cuando van a comprar un juego para su niño, que sepan que es para adultos porque se lo dice claramente la sección de la tienda en la que está situado, no un pequeño 18 en la portada que lo mismo ni ve. Que las revistas de videojuegos para niños dejen de promocionar juegos para adultos.
Nosotros , los consumidores adultos, tenemos derecho a que se nos trate como adultos también desde la industria del videojuego, tal y como se nos trata como adultos desde la literatura o desde el cine. La censura en el cine o en la literatura es algo propio de las dictaduras, no de los Estados de Derecho. Los jugadores de videojuegos llevamos mucho tiempo aguantando siempre lo mismo. Queremos que haya juegos violentos y viscerales como las películas gore. Queremos sexo en los juegos. Queremos juegos que traten las drogas sin tapujos ni moralinas, como en películas como “Miedo y asco en las vegas” o en los libros de Borroughs. Luego nosotros elegiremos libremente si queremos ser un fontanero saltimbanqui, un teletubbie o un psicópata cuando vayamos a elegir a qué jugamos. Somos adultos. Queremos libertad de expresión para un medio que hoy en día está castrado, en buena parte por culpa de unos prejuicios que son completamente absurdos y alejados de la realidad social de la industria. La censura en los videojuegos es igual que la censura en otros medios: es contraria a la libertad de expresión. Y por tanto no debería existir en los medios de comunicación y en los diarios ningún alarmismo estúpido, porque ese debate, si se hiciese en torno al cine o la literatura, se estaría cuestionando la libertad de expresión misma. Evidencia científica para afirmar que los videojuegos violentos vuelven violentos a la gente tampoco hay, sino más bien lo contrario. Que la prensa generalista se dedique de una vez a informar, no a la demagogia ni al sensacionalismo. Porque esa demagogia y ese sensacionalismo están poniendo en tela de juicio la libertad de expresión, aunque sea, en muchos casos, por ignorancia absoluta y no intencionadamente.
Por otro lado, la prensa especializada debería dejar de contribuir al problema y diversificarse. Es como cuando la Hobby Consolas decidió no puntuar el Canis Canem Edit. Sin embargo sí que ponían la publicidad del juego, porque eso ingresa pasta. Sin embargo, los GTAs o el Carmaggedon 64 en su día, como infinidad de juegos con un PEGI 18, sí los puntuaron y los puntuan mes a mes. Si una revista de videojuegos está pensada para los niños, que actúe coherentemente y se dedique a informar de juegos para niños. No quiero que, al igual que algunas distribuidoras, se baje los pantalones y contribuya al problema autocensurandose, quiero que los juegos para niños y los juegos de adultos se diferencien claramente. Qué mejor lugar para hacerlo que la prensa especializada . Sobre todo ahora que, por fin, tenemos revistas orientadas al público adulto, como la EDGE o la Xtreme de Tones. La Hobby Consolas es una revista para niños, comprada por niños, con un lenguaje para niños y con una filosofía editorial orientada a los niños. Y lo demostró con creces cuando decidió no puntuar el CCE, porque la rocambolesca excusa que pusieron lo dejaba bien clarito: aunque hablasen eufemísticamente de “los jugadores” o “todo el mundo”, es obvio que se refieren a sus lectores, y entendiéndolo así la editorial se vuelve infinitamente coherente. Si ellos mismos son conscientes de que su público es infantil y boicotean al videojuego adulto, que lo hagan con todas sus consecuencias y con todos los títulos adultos. Que dejen de comentar títulos para mayores de 18 años con lenguaje chachipiruli consolega, puesto que sus lectores no deben jugar a esos juegos, no tienen la edad apropiada. Obviamente, que haya personas con más de 18 años que sean capaces de gastar su dinero en la Hobby Consolas sin sentir su inteligencia ofendida, debería considerarse irrelevante.
Por un lado, la industria, con la única excepción de Rockstar, se acojona y se autocensura. Por el otro, los Jack Thompsons y los Matias Prats del planeta seguirán así indefinidamente, mientras puedan estirar el tema de los videojuegos para rellenar sus informativos. Hemos visto como la mierda demagógica en los medios de comunicación es la misma desde tiempos del Mortal Kombat, sin que la industria o la legislación se muevan lo más mínimo. Está sólo en nuestras manos, como jugadores adultos, el acabar tajantemente con la demagogia. El PEGI es algo caduco. Y son los redactores de revistas con publirreportajes para niños, al igual que los imbéciles que ponen juegos de PEGI 18 en los catálogos navideños de juguetes de El Corte Inglés, los principales responsables de que el PEGI no sea más que una chorrada y de que los medios sigan dando el coñazo con la idea de que el videojuego es para niños. Si hay que pasar por encima de sus ingresos publicitarios, se ha de pasar. Si la industria tiene que renunciar para siempre a colar juegos para adultos a los niños, que lo haga: el mercado que pierde es ínfimo. Si el Corte Inglés tiene que sacar los videojuegos de las plantas de juguetes, que lo haga. La realidad es que los jugadores adultos son la inmensa mayoría. Lo que desde luego no se debe hacer es, como hasta ahora, hablar en los medios de censurar los videojuegos, o autocensurar el videojuego desde la propia industria. Reclamemos la libertad de expresión en los videojuegos de una manera seria. Reclamemos nuestro derecho a ser tratados como consumidores adultos.
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